Historia, arte y pasión
Celia Lacayo nació en Bluefields, Nicaragua, el 22 de abril de 1945, en un Caribe lleno de vida: naturaleza intensa, mestizaje cultural y una energía vibrante. Creció en una familia grande, con 13 hermanos, en una casa donde siempre había risas y movimiento. Desde niña fue inquieta, traviesa y muy creativa: pasaba el día inventando juegos, “molestando” a sus hermanos y metiéndose en pequeñas aventuras. Esa curiosidad y picardía la han acompañado siempre, como parte de su manera de mirar el mundo.





Por ser una niña tan traviesa e inventora, a los doce años la enviaron a estudiar a San José, Costa Rica, al internado del Colegio María Auxiliadora, donde cursó sus estudios y se graduó.
Durante esos años convivió en el colegio con Sor María Romero, religiosa nicaragüense profundamente querida en Costa Rica. Celia fue muy cercana a ella, y esa relación le dejó una huella íntima: de fe, tranquilidad y fortaleza interior que la acompañaron toda su vida.
En 1981, mientras vivía en Nueva Orleans con su esposo y su familia, Celia comenzó a pintar. No fue un “hobby” ni un experimento: fue un anhelo que había esperado demasiado.
En sus ratos de silencio y soledad en casa, sintió el deseo de salir a comprar un block de papel y unas pinturas, y empezó. Desde entonces nunca más se detuvo, como si estuviera recuperando el tiempo.
Empezó pintando escenas que le devolvían su país: pueblos, vida cotidiana, personajes. Su impulso más grande era la añoranza de Nicaragua.
Críticos y especialistas señalan que, a partir de 1986, su obra se fue alejando de lo naíf y fue encontrando una voz cada vez más personal. Su producción ha sido descrita como figurativa y guiada por la intuición, cargada de memoria y nostalgia.
Para algunos, esa manera de pintar incluso llega a nombrarse como “Celismo”: una forma de retratar lo cotidiano con humor fino, ironía y lirismo, y de contar historias desde la imagen.
En sus cuadros, Celia buscó mostrar lo humano: gestos elocuentes, escenas con intención y una mirada que, a veces, reimagina la historia, como a ella le hubiera gustado.
Más adelante, Celia se trasladó a Costa Rica, donde entró en contacto con el medio artístico, espacios culturales y personas que impulsaron su proyección. Allí realizó exposiciones, fortaleció su carrera y fue construyendo un lugar propio dentro del panorama cultural.
Costa Rica se volvió su segunda casa: la invitaron, la acompañaron y la apreciaron. Y, al mismo tiempo, su vínculo con Nicaragua no se rompió nunca: aun viviendo fuera, siguió presente en su país a través de viajes y exposiciones. Esa vida “entre dos países” alimentó su universo temático.
En 1992, Celia volvió a vivir a Nicaragua. Para entonces ya era una pintora formada por una disciplina intensa de trabajo.
Trabajó exclusivamente óleo sobre tela, sin escuela de arte. Su trayectoria muestra una evolución constante: de escenas campesinas pasó a retratos de burguesía, mitología, crítica social y paisajes íntimos atravesados por tiempo y emoción.
Celia solía decir que, si su obra tenía algún valor, se lo debía únicamente a Dios. Y repetía una preocupación que la acompañó desde que empezó a pintar: sentía que no le alcanzaría la vida para pintar todo lo que llevaba adentro.
Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas desde 1982, iniciando en Nueva Orleans (EE. UU.). Su obra se ha presentado en Nicaragua, Estados Unidos, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, México, España, China, Canadá, Brasil, Francia y Taiwán.
Entre sus participaciones más destacadas figuran espacios como el Museo de Arte Costarricense y el Teatro Nacional Rubén Darío (Managua), así como presentaciones en ciudades como Madrid, Ciudad de México, Nueva York y Taipéi.
Registro más reciente: 2026, exposición colectiva en el Teatro Nacional Rubén Darío, ocasión en la que realizó la entrega oficial al país de su obra “El 5to Centenario, Gracias a Dios”.
A lo largo de su carrera, Celia Lacayo ha recibido diversos reconocimientos. Entre los más importantes destacan: